Cuando arde la memoria sobre la llama viva de la justicia poética

Hay un orgullo limpio y ascendente en dedicar la vida a las cosas del alma: al sentimiento, a la emoción, al arte, a la imaginación… Muchos dirán que eso no da dinero de verdad y llegan a alegar que la obra de un escritor, un pintor o un músico no puede compararse jamás con la contundencia de un puente sobre un río, diseñado por un docto ingeniero, o con una torre que se eleve hacia el cielo…

Olvidan, sin embargo, que los seres humanos somos más, hacia adentro, que nuestra inteligencia práctica y superioridad cognitiva; que no todo es cálculo, tecnología y edificación, sino también potentes intangibles: intuiciones, anhelos, esperanzas, sensaciones; y que son esas cosas las que nos impelen y sostienen, y sin las cuales cualquier desarrollo tecnológico carecería de sentido. Esa Poesía, en mayúscula, que subyace en todo lo humano es lo que nos hace, verdaderamente, lo que somos.

De entre todos esos oficios, el arte de la literatura es de los más sublimes. Crear y recrear mundos es tarea reservada a los dioses, y nosotros, creados a su imagen y semejanza, hemos sido tocados con el don.

A esa faena, y a ese arte, se ha empleado a fondo Víctor Escarramán, autor de la novela Donde arde la memoria. Editarla y publicarla bajo la colección Logos de Río de Oro ha sido un honor, pues lo es toda oportunidad de asomarse a un cosmos organizado hasta en sus mínimos detalles y en el cual, como telón de fondo y magnífica añadidura, se oye respirar a una época, a una épica, a una ética, a un país…

Donde arde la memoria logra eso, y lo hace erigiéndose también en un acto de profunda justicia simbólica e histórica, retomando la vida y la obra, desde la ficción, de un gigante moral, de un maestro, de un creador y de un hombre que encarnó, como pocos, la valentía raigal y el patriotismo de los dominicanos más puros. Lo hace, también, por fuerza, retomando un dolor lacerante de la nación, un vacío, una mayúscula injusticia que duele todavía, tres décadas después.

¡Qué maravilla que existan las novelas, y los escritores valientes como Escarramán, que no se arredren ante temas tan duros, tan peliagudos, tan en la cuerda de los silencios cómplices que gustan al poder! ¡Qué extraordinario, sí, que exista la literatura y que su magia única pueda traer a nuestros ojos, otra vez, redivivos, a hombres tales!

Qué bueno que la memoria ha echado a arder en estas líneas, y que los encendidos discursos de Narciso, su ética sin resquicios, su vocación de amar y de fundar vuelvan a emocionarnos en estas páginas; que el personaje que lo encarna en la ficción torne a ser un espejo bruñido donde mirarnos limpiamente y entender que los frutos del odio, del totalitarismo y de la saña deben ser arrancados de raíz no bien aparezca el primer brote.

Qué fantástico verlo otra vez frente al aula, esculpiendo mentes, o enseñando teatro, proyectando la vida, o caminando por los pasillos de su UASD: amado, respetado, escuchado. Volver a ver al padre de familia, al esposo, al hijo y al vecino, al escritor potente y consumado, al ácido guionista que podía provocar carcajadas y lágrimas con su humor criollísimo y su talento natural para la sátira social y política.

Si a algo han temido siempre los tiranos es al corazón y a la pluma de un hombre emancipado. Eso les quita el sueño, los pone a temblar, los vuelve crueles. Es el tipo de miedo cerval que acude a la desaparición y a la violencia, y que crea los más sublimes héroes, las atalayas morales, la zapata sobre la cual se puede volver a refundar naciones enteras. José Martí lo entendió bien, en aquel verso dulce, cuando dijo: «Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; ¡empieza, al fin, con el morir, la vida!».

Emilia Pereyra (presentadora), Víctor Escarramán (autor) y Rafael José Rodríguez (editor) durante la ceremonia de presentación de la novela.

¿Vive entre nosotros, todavía, Narcisazo, su ejemplo, su estatura, su memoria? Creo que esta novela responde hermosamente esta interrogante, y que a esta le seguirán, seguro, algunas otras, de modo que Escarramán abre hoy un camino pionero y casi virgen, desde ese reino de la libertad creadora que es la novela, para abordar con justicia a esta figura y para exorcizar este patrio dolor.

¿Cómo lo hizo Escarramán? Puede decirse que finamente y con mucha ternura y respeto. Se nota que respeta y que ama a sus personajes, incluso a los calieses, a quienes no escamotea humanidad, ni titubeos, ni dudas. Y del Profesor lo atrapó todo, pero, como debe ser en estas lides, no lo dijo, sino que lo mostró. Cada actitud, cada palabra, cada gesto nos enseña un carácter, una toma de posición, una trinchera…

Nos revela, también, el paisaje convulso de una época compleja de la república: el fraude electoral, las ansias de poder, el vuelve y vuelve que apuñalaba la democracia viva, y que, gracias a Dios y a muchos héroes que ofrecieron su vida, los dominicanos supieron conservar hasta hoy.

Abordada desde dos puntos de vista narrativos que se van alternando, en primera persona (la voz del profesor, íntima, introspectiva, reflexiva) y en tercera persona (correspondiente a un narrador omnisciente: poderoso, informado, global), Donde arde la memoria es una novela de técnica depurada y eficiente, que logra alcanzar, en algunos pasajes, ingeniosas e inteligentes soluciones narrativas.

Una de ellas se aprecia, de manera especial, en el capítulo donde se cuentan, a través del sueño de una hija del protagonista, los avatares finales de su vida, reconstruidos a retazos y a partir de versiones contradictorias y especulaciones nunca del todo comprobables. ¿Había otro modo mejor? No. Era difícil, acaso imposible, pero Escarramán encontró el modo perfecto: el mundo de la pesadilla, de lo onírico, de lo sospechado, le aporta una licencia, una densidad, una agonía… Ella lo va soñando, lo va viviendo, lo va sufriendo y, desgarrada de dolor, lo ve morir y entrar para siempre en la gloria.

Otras muchas cosas tendría para decir sobre esta obra, que da para ensayos más extensos. Quería citar al gran Vargas Llosa y explicar, a través de sus palabras, cómo las novelas son las únicas capaces de destilar lo que él llamó ese delicado elixir de la vida, y que podemos, sin dudas, libar en esta obra de Escarramán. Pero aquí me detengo, por ahora, reiterando que sí, que hay un orgullo limpio y ascendente en dedicar la vida a las cosas del alma, y que este texto se sumerge precisamente en ellas y hace un corte profundo en esa esencia que llamamos la Patria, y en el rebelde espíritu de la tierra que amamos.

La alocución final del Profesor Narciso, que da un cierre tremendo a la novela, hace que se nos doblen las rodillas del ánima, pero también sabemos que es un canto de lucha y de esperanza, un mandato de amor para la inevitable construcción de un futuro más alto. El mar se quedó con su cuerpo, pero su voz, potente y luminosa, no se fue, sino que sigue quebrando los silencios, las injusticias, el olvido; vibrando quedamente sobre las aguas y las almas: allí, donde arde la memoria. ¡Nuestra inmortal memoria! No dejemos que se apague jamás.

 

-Rafael J. Rodríguez Pérez

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